Los “nuevos” tipos de papás y mamás

Recientemente se viene comentando en los medios de comunicación que han brotado nuevas tipologías de padres en nuestra sociedad, dentro de lo que se ha dado en llamar la “hiperpaternidad”, convirtiéndose en un modelo educativo muy habitual en las sociedades más acomodadas. Sin embargo, muchos expertos creen que es necesario estar menos pendientes de los hijos, por su propio bienestar.

Según parece, se ha abandonado el modelo anterior en el que lo habitual era que a los niños no se nos hiciera “demasiado caso”, y que se traducía a nivel práctico en acciones como “hacer como que no estábamos”, tendiendo a ignorar nuestras rabietas o exigencias de caprichos hasta que éstas cesaran por puro cansancio.
Actividades como el juego y la distracción estaban reservadas casi en exclusiva a los niños, excluyendo a sus padres, por lo que debíamos aprender a hacerlo solos, lo que redundaba en una mayor autonomía e independencia. Sin duda, el hecho de disponerse de tardes libres y agendas con huecos vacíos facilitaba que se nos pudiera enviar “a jugar a la calle”, llenando de esta forma tan natural las horas de los sábados y domingos.

Consecuencias de la hiperpaternidad

Las cosas han cambiado de tal manera que en poco tiempo los hijos han pasado a configurarse como el núcleo central de la familia, acechados de forma constante por los padres siempre atentos, bienintencionados y pendientes de todas sus necesidades. Como resultado, el papel de los progenitores ha virado totalmente, centrándose en proporcionar todo lo posible y “lo mejor” a sus hijos en todos los ámbitos imaginables (educativo, extra-curricular, lúdico, social, etc.), con el objetivo de que el día de mañana disfruten de un futuro que necesariamente tiene que ser brillante. Como resultado, según algunas publicaciones, la paternidad corre el peligro de convertirse en una competición entre padres, con la mirada puesta en el objetivo de lograr que los hijos triunfen, creando así unas expectativas en muchos casos, irreales.

Este nuevo modelo de hiperpaternidad se presenta en distintas formas y grados, aunque aparentemente parecen ser una misma. Así, podemos encontrar figuras como la de los “padres-helicóptero”, que sobrevuelan sin descanso las vidas de sus hijos; los “padres-apisonadora”, que van por delante allanando el camino y eliminando cualquier tipo de obstáculo o dificultad; los “padres-chófer”, que habitan en el coche, llevando a sus hijos de actividad en actividad; los “padres-hiperprotectores”, cuya misión en la vida es evitar cualquier accidente, y para quienes actividades tan normales y naturales para un niño como subirse a un árbol, resultan impensables; y los “padres-bocadillo”, que persiguen a sus hijos en el parque con la merienda en la mano.

Seguramente si preguntáramos a los niños su opinión sobre este tipo de actuación de sus padres, podríamos llevarnos la sorpresa de que lejos de satisfacerles puede llegar a resultarles agotadora, porque en general implica vivir en una vorágine permanente de agendas frenéticas. Y por supuesto, también lo es para los progenitores, e incluso para otros familiares implicados, quienes pueden llegar a emplear muchas horas del día para llevarles de una actividad a otra, al tener que hablar con frecuencia con sus maestros, supervisar sus deberes o hacerlos junto a ellos, recoger sus cuartos, preparar su ropa, mochilas, meriendas, cenas y desayunos, y poner y quitar la mesa, porque los niños van tan “apretados” que no tienen tiempo para colaborar en este tipo de tareas, o bien sus propios padres les eximen de realizarlas. Además, planifican sus agendas y controlan sus amistades, interviniendo ante el menor conflicto entre ellos.

Este trajín puede durar muchos años y, según los expertos, coarta en los hijos algo tan vital como es la independencia y dificulta sobremanera aplicar la fórmula de aprendizaje universal por ensayo-error, clave en el desarrollo personal.

Conveniencia de cambiar las prioridades

La explicación que proporciona la psicóloga Maribel Martínez sobre este cambio se basa en el concepto de la evolución. Así, según explica, “en tiempos de nuestros abuelos, el objetivo era que los hijos sobrevivieran a la guerra y a la posguerra, no pasaran hambre y, cuanto antes, se pusieran a trabajar para ayudar a la familia, que solía ser numerosa. En los de nuestros padres, lo que ya se quería era asegurar que sus hijos pudieran estudiar y que tuvieran mejores posibilidades laborales… En la actual generación de padres con hijos pequeños, las prioridades son otras: que los hijos sean brillantes, triunfen y que tengan de todo. Parece que su éxito y su fracaso sean nuestros y que para ello, tengamos que ser los mejores padres del mundo”.

Considera también que nuevas presiones sociales se encuentran detrás de este afán por el éxito de los hijos: “hay mucha competencia entre padres y muchísima información y esto crea inseguridad, pero no sólo a los padres”. “Nuestros hijos también viven con ansiedad, angustia incluso, tanta presión, tanta actividad, a todos los niveles”.
Otra autora reivindicativa de la idea de ejercer de padres de una forma menos intensa y cambiando las prioridades es Madeline Levine. Ambas comparten la idea de que estar tan encima de ellos no es bueno para nadie: “La crianza empieza con los bebés quienes, obviamente, necesitan atención 24 horas… Pero los niños crecen y los padres, parece que no. Así, siguen ayudándolos a vestirse, a comer y a organizarse sus cosas. No se dan cuenta de que hay que dejarlos ir, dándoles responsabilidades, espacio propio y capacidad para tomar decisiones”.

A nivel psicológico, se advierte de consecuencias importantes ya que tanto control y seguimiento, implica la transmisión de un mensaje a los niños de que ellos solos no son capaces de hacer las cosas. Algunos terapeutas anglosajones reivindican una “sana desatención”, como remedio a la hiperpaternidad, mientras que otros son más partidarios de “observar sin intervenir”, de forma que los niños puedan crecer, superarse y esforzarse, caerse y volverse a levantar. La clave es dejarlos más tranquilos y confiar en ellos porque los niños “son muy capaces” y es esa capacidad lo que hay que reforzar, felicitándoles por su esfuerzo.

Convertir este modelo educativo en el modo de vida de los progenitores, a menudo lleva asociado que, ante una situación de divorcio, los padres y madres hiperpaternalistas, se encuentran con que deben enfrentarse a una nueva situación en la que su propio tiempo y sus propias agendas son las que pueden llenarse de huecos vacíos, en ocasiones sin duda favorecido por el reparto de tareas derivado de un tipo de modelo de custodia determinado. A menudo nos encontramos en nuestra labor profesional a muchos progenitores que no les resulta fácil llenar estos vacíos porque se han acostumbrado a tener continuamente algo o alguien a quien sobreproteger, atender y por quien preocuparse.

Quizá sea el momento de repasar nuestro día a día como padres y replantearnos si no estaremos siendo también algo hiperpaternalistas.

Teresa Martínez López.

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